El viaje hacia la descarbonización de la movilidad no estará propulsado por un solo combustible. Los usuarios podrán elegir entre varias fuentes de energía: carburantes convencionales con menor huella de carbono y soluciones alternativas como el hidrógeno, la electricidad y los ecocombustibles.

Esta variedad de opciones va a contribuir a reducir las emisiones que provocan el calentamiento global para alcanzar el objetivo del Acuerdo de París de 2015: mantener el aumento de la temperatura por debajo de 2 °C y proseguir los esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C. También para conseguir la neutralidad climática en 2050 fijada por la Comisión Europea y respaldada por el Gobierno de España, es decir, que la humanidad logre un equilibrio entre lo que su actividad consume y lo que devuelve a la naturaleza.

En ese reto, la electricidad continúa su avance como fuente de energía para la movilidad —la autonomía aumenta en los nuevos modelos y crece la red de puntos de carga—y los ecocombustibles se postulan como una opción eficaz. Este tipo de carburante líquido no proviene del petróleo, sino de materias primas alternativas, como los residuos urbanos, agrícolas, forestales y de la industria agroalimentaria (biocombustibles sostenibles) o del hidrógeno renovable y el dióxido de carbono capturado en la actividad industrial o directamente de la atmósfera (combustible sintético).

Los ecocombustibles pueden utilizarse para abastecer los motores de combustión de los vehículos actuales, puesto que sus características físico-químicas son muy similares a las del carburante de origen mineral, lo que implica que no es necesario cambiar de coche. Por eso, cuentan con el respaldo de la Administración, que los contempla como una fuente de energía valiosa en su Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC).

De hecho, los biocombustibles ya están presentes en los carburantes convencionales. Los combustibles de Repsol, la principal compañía del mercado español de la movilidad, actualmente incorporan un 8,5% en energía de biocombustible. Su previsión es que esa proporción vaya creciendo paulatinamente, en línea con los requisitos regulatorios del Gobierno español. Como explica Javier Aríztegui, gerente de Diseño de Productos y Sistemas de Energía de Repsol Technology Lab, “los biocombustibles constituyen la tecnología renovable más ampliamente disponible y utilizada en la actualidad en el transporte”.

Otra de las ventajas de los ecocombustibles es que neutralizan sus emisiones. En el caso de los combustibles sintéticos, las posibles emisiones durante su uso se compensan con el CO₂ capturado y utilizado para su fabricación, mientras que, en los biocombustibles, que se fabrican a partir de materias primas de origen biológico, el CO₂ emitido durante su uso se compensa con el CO₂ absorbido por las plantas en la fotosíntesis a lo largo de su ciclo de vida. Además, los biocombustibles de origen residual fomentan también la economía circular, al ofrecer una salida a los desechos para que no acaben en los vertederos o las incineradoras.

El hidrógeno: conductor del cambio

El sector energético trabaja para desarrollar tecnologías alternativas que permitan fabricar un hidrógeno sostenible. Las dos principales opciones son el hidrógeno renovable y el hidrógeno de baja huella de carbono, más sostenibles que el hidrógeno convencional. Destacan, además, por su gran versatilidad de usos energéticos con posibles aplicaciones en sectores como la industria, la movilidad o el sistema eléctrico. Se estima que estos dos tipos de hidrógeno podrían llegar a suponer entre el 10% y el 20% del consumo energético mundial una vez desplegados en todas sus posibles aplicaciones. El Hydrogen Council, estima que el hidrógeno podría cubrir un 18% de la demanda mundial de energía en 2050.

Además de utilizarse como materia prima para fabricar combustibles sintéticos, el hidrógeno también podría aplicarse como combustible directamente en la movilidad terrestre gracias a los vehículos eléctricos de pila de combustible. Inyectado genera una reacción con el oxígeno de la que resulta vapor de agua. Este sistema ofrecería una alternativa eficaz para el vehículo eléctrico, principalmente en el transporte pesado por carretera. “Ya existen algunos vehículos prototipo de pila de combustibles, aunque la tecnología aún se encuentra en fase de desarrollo”. afirma Aríztegui.

Por tierra, mar y aire

El transporte por carretera, sobre todo el de gran tonelaje, la aviación y la navegación marítima presentan retos más complejos en el camino hacia una economía descarbonizada. La electrificación de estos sectores aún tiene un largo recorrido por la limitación de su autonomía y el elevado peso de las baterías. “Se necesita un carburante que sea muy denso, que pese poco y no ocupe mucho espacio”, constata Aríztegui.

Los ecocombustibles aportan soluciones en estos sectores, especialmente en el aeronáutico, donde la versión bio se postula como la mejor opción a corto plazo, mientras que a medio plazo hay otras soluciones como el keroseno sintético que también son “muy prometedoras”.

El verano pasado Repsol fabricó las primeras 7.000 toneladas de keroseno con biojet para aviación del mercado español, en el complejo industrial que tiene en Puertollano (Ciudad Real). Este primer lote, fabricado a partir de biomasa, cuenta con un contenido bio inferior al 5% para cumplir los requisitos de calidad establecidos por las especificaciones internacionales y su uso evitará la emisión de 440 toneladas de CO₂ a la atmósfera, el equivalente a 40 vuelos Madrid-Barcelona.