noviembre 12, 2020

Ser respetuoso con el entorno está dejando de verse como una moda para convertirse en un hábito de nuestra vida diaria. Por eso no es extraño que las finanzas sostenibles hayan experimentado un impulso este año, más en la actualidad en la que las consecuencias del coronavirus han acentuado la sensibilidad de la sociedad.

Este tipo de finanzas, conocidas como inversión socialmente responsable (ISR), implica que el inversor no solo tiene en cuenta cuestiones estrictamente económicas, sino que también valora criterios ambientales, sociales y de buena gobernanza de las empresas, los llamados ASG por sus iniciales (ESG en inglés).

“En el futuro va a ser imposible entender las inversiones rentables de manera desligada a los impactos que estamos generando en nuestro entorno. Ha llegado el momento de conectar los dos conceptos”, asegura Isabel Garro, socia fundadora de 3A4B, compañía que desarrolla iniciativas alineadas con el desarrollo sostenible, en el Podcast de Banco Sabadell Invertir en sostenibilidad: rentabilidad y compromiso.

“Ya no valen pequeños cambios en las organizaciones, se necesitan cambios disruptivos para afrontar los desafíos”, reflexiona Sandra Pina, directora de Quiero, consultora centrada en negocio, sostenibilidad y marca, que opina que los inversores están premiando a las empresas que apuesten de verdad por el desarrollo sostenible.

¿Puede ser tan rentable la ISR como la inversión tradicional?

Durante mucho tiempo parecía que había que elegir entre invertir de forma sostenible o hacerlo con rentabilidad, hoy, sin embargo, se puede hacer cumpliendo ambos requisitos. Desde Spainsif, asociación sin ánimo de lucro que promueve este tipo de finanzas, señalan varios estudios que miden la rentabilidad obtenida en comparación con el riesgo asumido (la posibilidad de ganar o perder) y que muestran que la ISR es “al menos tan eficiente como la inversión tradicional”. Además, la ISR permite un mejor conocimiento y gestión de los riesgos de las empresas y sus actividades. Por ejemplo, si los procesos productivos de la compañía en la que se invierte son limpios, se reduce la probabilidad de que reciba una denuncia por contaminación que pueda conllevar multas económicas o un menoscabo en su imagen. De igual forma, si respeta los derechos de sus trabajadores, la plantilla estará más satisfecha y será más fiel, lo que repercutirá positivamente en la productividad.

Alfred Vernis, profesor del departamento de Dirección General y Estrategia de Esade, afirma que no hay evidencia concluyente de que los criterios ASG vayan a aportar una rentabilidad financiera extra a las inversiones, pero reconoce que “en los últimos años, los fondos que han invertido en temas relacionados con la energía verde y el cambio climático han tenido un comportamiento por encima del mercado”.

Desde su punto de vista es algo normal dado el giro hacia la economía verde que se está dando y las apuestas en esa dirección de la sociedad civil organizada, los consumidores, las administraciones públicas y las grandes empresas. “El mercado de las inversiones ASG va a crecer, las empresas que siguen estos criterios van a captar más inversión y, si lo hacen bien, obtendrán más beneficios”.

Pero, ¿atraen las ISR a los inversores españoles?

Parece que cada vez más. El patrimonio gestionado en España de este tipo de inversión alcanzó los 285.454 millones de euros en 2019, una cifra histórica que supone un incremento del 36%, respecto al año anterior, según se recoge en el estudio La Inversión Sostenible y Responsable en España 2020, elaborado por Spainsif. En el caso del ahorrador particular, el crecimiento ha pasado del 15% del total en 2018 al 19% en 2019, un porcentaje aún modesto que demuestra que son los grandes inversores los que siguen copando estas estrategias.

Los expertos aseguran que esto se da por desconocimiento. Según el Estudio Global de Inversión 2020 de la gestora internacional Schroders, el 76% de los encuestados no invertiría en contra de sus principios. Además, el 45% destina dinero a productos sostenibles, un 7% más que en 2018. Y lo hace por su mayor impacto ambiental (45%), seguido de la probabilidad de que aporten mayores rentabilidades (34%) y el hecho de que se alineen con sus principios sociales (28%). Cuando se les pregunta por los comportamientos que aplauden de las empresas en las que invierten sus fondos, los españoles priorizan el compromiso social de las compañías, la atención a las cuestiones medioambientales y el trato correcto y profesional a los empleados.