En una entrevista sobre mi libro “El largo camino de Castilla”, me acaban de preguntar si el Mariscal había sido alguna vez un corrupto. Respondí que, a pesar de haber gobernado en pleno auge del guano- la mayor riqueza peruana- todo lo que a su viuda le quedó de él fue la casa situada en Carabaya 607, y que, meses más tarde, tuvo que entregar a sus acreedores.

Tal vez usaba un “detente” contra la corrupción (como deberían haber usado nuestros presidentes desde Fujimori hasta PPK).

A propósito de “detentes”, se creía que Castilla usaba uno. En la mayoría de las batallas, fueran victorias o derrotas, había recibido heridas. Desde el primer hecho de armas que se le recuerda, sus muertes y sus resurrecciones parecían milagrosas.

¿Saben ustedes lo que es un detente?

Un escapulario en el que estaba impresa una imagen del Corazón de Jesús. Los soldados solían llevarla prendida en la chaqueta o cosida en el interior.

“Detente, bala. Bala, detente. El Sagrado Corazón de Jesús está conmigo” decía la inscripción, y de allí le venía el nombre.

Al parecer, esta forma de protección celestial comenzó a ser usada por los dos bandos que se batían en las guerras de la independencia de América Latina. El domingo previo a la batalla se consagraba al reposo de la tropa y el cumplimiento de los deberes religiosos. Después de misa, los capellanes daban conferencias en las que resaltaban los deberes del hombre para con Dios y la patria. Al final, les entregaban el detente.

Hubo oportunidad, sin embargo, en que las fuerzas de los detentes de ambos bandos se equipararon y anularon hasta el punto de que cada vez que se enfrentaban unos contra otros, las balas parecían rebotar. Fue en la batalla del Carmen Alto, cerca de Arequipa, entre los ejércitos insurrectos de Castilla y los del gobierno central del general Vivanco (1844).

Fue el enfrentamiento bélico más largo de la historia peruana. Duró 16 días.

Se cuenta que, en vista de tan larga espera, el general Ramón Castilla ordenó que los capellanes de las seis brigadas de su ejército se reunieran con él, les recriminó por la inutilidad de sus detentes y les anunció que, si estos no demostraban ser más poderosos que los del enemigo, los seis serían ejecutados. Unas horas más tarde, la batalla se resolvió… a favor de Castilla.