noviembre 6, 2020

La caricatura es patética. La naturaleza humana, tal vez por el enorme crecimiento poblacional a casi 8,000 millones, hace imposible que haya una buena distribución del ingreso o condiciones de educación, salubridad e infraestructura física y social.

O, tal vez, lo financiero, que ya se distanció en cantidad y valor, de la producción real o de la tecnología con las posibilidades de enormes robotizaciones y uso de ella en sustitución de la masa laboral, al haber una morigeración de valores.

Además, un sistema judicial lento, con presunciones de inocencia para tanto desalmado y abogados con un derrotero que para condenar demoramos años. Hay más desgano y frustración. Eclosión del sistema, es una posibilidad.

La región nuestra está mal. Lo que acaba de suceder en Chile, aunque sólo hayan votado 40% de los electores hábiles, muestra que no es la economía estúpida, el único problema.

Todo el sistema de Bretton Woods con un dólar fiduciario y asimismo ese indicador falso del PBI tratado como si fuera caja y motivando de crecimiento y la gente cada vez está peor por las elites y el statu quo, es la siniestra pandemia como catalizador quien viene amenazando el supuesto y maravilloso mundo en que viven muy pocos de los millones de seres humanos; la elite financiera.

Las tropelías de Vizcarra han salido en tropel. Se la da de víctima, como si el que va al cadalso (ver foto adjunta) fuera él. Craso error. La caricatura es una ficción que justamente el statu quo impide que los que quieran dar más luz y bienestar a la ciudad, sean condenados.

El traje nuevo del Emperador escrito por Hans Christian Andersen en 1837, muestra que este quería uno extraordinario. El único que lo satisfizo era uno invisible que sólo los imbéciles no lo podían ver. Y claro todo el pueblo lo veía.

Una niña rompió el hechizo y le espetó al Rey sin miramientos, que estaba calato.