León Bourgeois planteó en su opúsculo “Solidaridad” (1896), que cada uno de los ciudadanos está ligado por una deuda con la sociedad, en la que se condensan los logros de las generaciones anteriores y, especialmente, los de nuestros padres, a quienes debemos condiciones de existencia que, al nacer, nos impartieron. Sin haberlo consentido explícitamente, allí radicaría la solidaridad natural que todos los ciudadanos debemos cumplir. Una suerte de “cuasi contrato” entre generaciones. La sociedad peruana no es ajena a este planteamiento y sigue obrando por solidaridad hacia los demás. Tan es así que nuestros sentimientos píos nos hacen recorrer en procesión, anhelando el bienestar para todos, creando espacios de reconciliación. Pero también, cada vez que a los peruanos nos va mal, solemos decir que somos más fuertes que nuestros problemas. Y se podría decir que sí. Bastaría nombrar las veces que tuvimos caídas en profundos abismos naturales, sociales o políticos; sin embargo, aquí estamos impertérritos como César Vallejo recitando, Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Estos golpes vendrán con toda seguridad. Porque la vida de los pueblos no es un remanso de quietud, y el Perú nunca lo ha sido. Somos un país de encuentro cultural, de fusión con todos los pueblos hermanos que llegaron a nuestras tierras y encontraron ese acogedor calor humano. Fusionaron su riqueza cultural, y su caminar conjunto hizo que hoy poseamos esa mixtura sin igual de matices y sabores. Esta imbricación es la mejor prueba de la solidaridad activa, sobre los vestigios de pueblos de origen milenario.

Asimismo, es aquí en que los principios morales de quienes nos representan coinciden para ir más allá de la simple caridad, hacia la solidaridad colectiva, aquella que permita lograr la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, reduciendo cada vez más la brecha social. En este camino, la responsabilidad del ciudadano encuentra sus raíces en lo que el latín conoce como el verbo spondeo, que significa responder, emprender o prometer con solemnidad. Comprendida está la idea de obligación, en el sentido de asumir la responsabilidad de nuestras propias acciones. Esto significa, de igual forma, encontrarnos con los demás, con ese ciudadano que a veces se nos escapa sin poder comprenderlo, sin conocerlo ni reconocerlo en su singularidad.

Igualdad, solidaridad y responsabilidad son entonces los puntos de partida social. Es a partir de allí que habremos puesto la primera piedra de una civilización que hoy se reconstruye, identifica y consolida cada día más.