noviembre 1, 2020
Cartel con el logotipo de Ant Financial en la sede de la empresa en Hangzhou (China).
Cartel con el logotipo de Ant Financial en la sede de la empresa en Hangzhou (China).Shu Zhang / Reuters

El récord es inminente. Esta semana Ant Group protagonizará la mayor salida a Bolsa de la historia. Semejante hito sirve como presagio de un tiempo nuevo, asentado en dos tendencias: la incipiente digitalización de los servicios financieros a un lado, a otro la pujanza tecnológica de un país cada vez más cerca de la primogenitura económica global. Se acabó el cuento de los chinos y sus copias. Ant representa algo que no existe en ningún otro lugar del mundo.

5 de noviembre, jueves. Ese día, Ant Group ofrecerá al mejor postor un 11% de sus acciones en las bolsas de Hong Kong y Shanghái. 1.670 millones de títulos en cada plaza, a un precio unitario inicial de 80 dólares y 68,80 yuanes (8,8 euros) respectivamente. A cambio, los pronósticos apuntan que recibirá 34.500 millones de dólares (29.500 millones de euros), montante que empequeñece la cima marcada por Saudi Aramco y sus 29.000 millones de dólares (24.800 millones de euros) en diciembre de 2019. Del petróleo a los datos: es el futuro lo que se avecina. Esta operación elevará el valor total de la empresa por encima de los 318.000 millones de dólares (272.000 millones de euros). Si fuera un país estaría entre los 40 más ricos del mundo.

“Su capitalización es increíble, aún más cuando apenas cuenta con 6 años de historia. Es tremendamente innovadora, opera en la intersección de los servicios financieros y el mundo digital. No existe una empresa así en Occidente”, apunta Jeffrey Towson, profesor del programa MBA de la Universidad de Pekín. Su aparición es consecuencia directa del auge del comercio electrónico en China, donde una de cada tres ventas se realizan ya online. Alibaba, líder del sector gracias a sus plataformas Taobao y Tmall –las cuales copan más de un 55% del mercado– se encontró en 2004 con un problema: la desconfianza entre compradores y vendedores desincentivaba la actividad. Para superar este obstáculo, idearon una plataforma de pagos propia. Había nacido Alipay. La revolución destinada a transformar el concepto de dinero estaba a punto de empezar.

“Alipay explota cuando pasa a los teléfonos, uniendo los mundos físico y digital, lo que genera un enorme cambio de comportamiento”, continúa Towson antes de sentenciar. “Si hablamos de dispositivos móviles, Silicon Valley perdió el liderazgo hace cinco años”. Las cifras hablan por sí solas. Lo más parecido a Alipay en Occidente es PayPal: la firma estadounidense tiene 364 millones de usuarios activos, la china más de 1.000 millones.

Resulta imperativo, sin embargo, emplear la perífrasis lo más parecido; pues Ant es mucho más que una plataforma de pagos. Alipay representa la puerta de entrada a un colosal ecosistema alimentado por la ingente cantidad de datos generados por cada transacción de cada individuo. A partir de ahí, la firma ofrece todo tipo de servicios personalizados a individuos o pequeños negocios, como préstamos, inversiones o seguros. Ant se enorgullece de emplear un esquema bautizado como 310: a la hora de contratar cualquier producto financiero bastan 3 minutos para rellenar un formulario, el cual es aprobado en 1 segundo con la intervención de 0 seres humanos.

El arquitecto de todo esto ha sido Jack Ma, creador de Alibaba, quien ha dirigido personalmente el proyecto desde que en 2011 se escindiera de la matriz por medio de una polémica maniobra que dejó fuera a los accionistas mayoritarios del gigante tecnológico, Yahoo y SoftBank. En 2014, la empresa se refundó como entidad independiente bajo su nombre actual, Ant Group.

Pese a mantener un perfil bajo tras retirarse al frente de Alibaba el año pasado, Ma ha seguido conduciendo la evolución de Ant en la sombra y sin oposición, pues controla el 50,52% de la compañía. Su inminente salida a Bolsa hará aún más rico al hombre más rico de China, aunque este se ha comprometido a reducir su participación de manera gradual hasta el 8,8%. Alibaba, por su parte, todavía posee un 33% de la que un día fue su filial.

El vertiginoso ritmo al que China ha crecido en las últimas décadas ha propiciado que su sociedad se salte etapas de desarrollo intermedias. En el caso del sector bancario, por ejemplo, al menos 460 millones de personas carecen de un historial de crédito oficial. Ma aspira a incorporarlos a todos a la red de Ant, para lo que tan solo es necesario una cuenta bancaria y un teléfono móvil. Durante una intervención reciente, el magnate aseguró que el sistema financiero debería depender menos de grandes instituciones y más de un entramado de “lagos, estanques, canales y arroyos” que rieguen de liquidez cada rincón de la economía.

La actividad de su empresa responde a este fin. De hecho, su principal fuente de ingresos es CreditTech, un servicio que proporciona créditos a pymes y origen de casi el 40% de sus beneficios en la primera mitad de este año. Y eso es solo el principio. Ant se ha propuesto doblar el número de empresas con las que colabora a lo largo del próximo lustro: de 80 a 163 millones. La matemática de los beneficios es pasmosa: 56.000 millones de yuanes (7.100 millones de euros) proyectados para 2021, 75.000 millones (9.600 millones) para 2022.

A corto plazo, también su capitalización podría crecer a velocidad fulgurante, dado que en toda salida a bolsa se atenúa el precio de los títulos para compensar la repentina oferta. Según cálculos de expertos, su valor total podría alcanzar pronto los 500 millones de dólares (428 millones de euros), cantidad equiparable al PIB de Bélgica, 25ª economía mundial.

La difícil conquista del mundo

Los beneficios de la salida a bolsa irán destinados a reforzar los frentes que sustentarán el futuro de Ant: servicios para clientes, blockchain y, por encima de todo, expansión internacional. El mayor reto que enfrenta toda tecnología china es su capacidad de saltar fronteras, tanto por las especificidades de su entorno –potenciadas por la exclusión de actores extranjeros– como por un creciente escrutinio global. El caso de TikTok o Huawei refleja cómo superar la primera barrera puede colocar aún más arriba la segunda.

“Quieren convertirse en una solución de pagos global, como Visa o MasterCard, y al mismo tiempo en una firma de servicios financieros”, resume Towson. “La clave es cuán internacional lograrán ser”. Para ello, ya ha creado alianzas con agentes locales en varios países del Sudeste Asiático y han obtenido licencia bancaria para Hong Kong, la de Singapur está en camino. No obstante, otros esfuerzos por llegar más allá han fracasado.

Hace dos años, un acuerdo por valor de 1.200 millones de dólares (10.200 millones de euros) para adquirir la empresa de transferencias monetarias MoneyGram fue bloqueada por el gobierno de Estados Unidos aduciendo motivos vinculados a la seguridad nacional. Ahora Trump entretiene la idea de incluir a la firma en su campaña de sanciones y podría incorporarla a la Entity List, lo que limitaría su capacidad de operar a nivel global. Ant está al corriente y ya advertía al respecto en el folleto presentado a las autoridades de cara a su salida a bolsa. “Estas políticas y medidas dirigidas a China y empresas chinas (…) podrían obstaculizar nuestra capacidad para contratar o retener personal cualificado y encontrar socios adecuados para nuestro negocio”. Quizá sea demasiado tarde: a China ya no le hace falta copiar.