noviembre 1, 2020
Vista nocturna de los rascacielos del paseo de la Reforma de Ciudad de México, a finales de octubre.
Vista nocturna de los rascacielos del paseo de la Reforma de Ciudad de México, a finales de octubre.José Méndez / EFE

La calma chicha que reina estos días en los mercados latinoamericanos de deuda pública esconde una paradoja de primer orden. Mientras los vientos huracanados de la pandemia arrecian con fuerza sobre la macroeconomía, los principales países de la región siguen emitiendo a intereses mínimos históricos. Pocos habrían apostado por que los cinco grandes de la región —Brasil, México, Colombia, Chile y Perú; Argentina al margen— estarían hoy, a solo dos meses vista de que este 2020 infausto eche el telón, pagando intereses mínimos históricos por su deuda. Pero, para su fortuna y la de sus tesorerías —más necesitadas que nunca de recursos—, la liquidez global a espuertas le está ganando el partido por goleada al tifón sanitario sobre la economía real.

Un cóctel de factores está aliviando la pesada losa con la que saldrá América Latina —y el mundo— de esta recesión sin precedentes. El bazar de la deuda lleva meses anestesiado en los países ricos por la gracia de los bancos centrales —la mayoría de países y grandes empresas europeas y estadounidenses pagan prácticamente nada por financiarse— la ausencia de rentabilidad ha llevado a miles de inversores a buscar otros puertos, lejos de Nueva York, Londres, París o Madrid, incluso si es a costa de asumir mayores riesgos.

Ahí es donde los países latinoamericanos exhiben unas credenciales mucho más atractivas: prestar a 10 años a los cinco grandes del bloque renta entre el 2,5% (Chile) y casi el 8% (Brasil). Entre medias, Perú —que va camino de la segunda mayor recesión de la región este año, tras Venezuela— paga poco más del 4% y Colombia y México, alrededor de un 6%. Incluso estando en mínimos históricos o muy cerca de ellos, estas cifras lucen mucho más atractivas para los inversores en renta fija que la que encuentran en Europa o Estados Unidos, y esa avalancha de dinero hacia la región es la que está consiguiendo mantener a raya los diferenciales.

En las secretarías (ministerios) de Hacienda de la región, de Santiago de Chile a Ciudad de México, respiran estos días moderadamente aliviados: los retos son enormes, pero la buena acogida del mercado a sus emisiones está siendo un balón de oxígeno tan potente como inesperado cuando se desató la tormenta del coronavirus. En marzo las salidas de capitales pasaron a ser la norma en los países emergentes y América Latina no era excepción. El subcontinente, con Brasil a la cabeza, estaba en el ojo del huracán, no solo en lo epidemiológico sino también en el radar de los inversores: la aversión al riesgo era una constante y la deuda de las naciones en vías de desarrollo, en fin, vade retro. Pero ese cierre total del grifo del crédito duró poco: si en anteriores crisis hubo que esperar meses o incluso años, esta vez fue cuestión de unas pocas semanas.

En paralelo, los peores augurios macroeconómicos se han cumplido: el PIB cayó a plomo en el segundo trimestre, y el repunte del tercero y cuarto solo podrán maquillar una recesión que pasará a los libros de historia. Pero el goteo de emisiones a tipos bajos —la mayoría en dólares, eso sí— ha regresado como si el coronavirus hubiese sido solo un mal sueño. “Antes de la pandemia ya veníamos de un entorno global de tasas de interés bajas, y la política expansiva de la Fed y del BCE y la señal de que seguirán apoyando a los mercados financieros han ayudado mucho”, explica a EL PAÍS el hombre fuerte del Fondo Monetario Internacional para América Latina, Alejandro Werner.

“Es una continuación del apetito por riesgo que tienen los inversionistas extranjeros, incluso aunque la caída de PIB es una de las más profundas de la región”, diagnóstica por teléfono el economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Eric Parrado. Al fin del día, dice, “lo que los inversionistas extranjeros están viendo que es un shock global, no inherente a América Latina y el Caribe o a los emergentes. Y que es, será, temporal: su final será la vacuna. Es un paréntesis: ven que la recuperación vendrá pronto”.

No todo es achacable al factor externo: si en anteriores crisis los bancos centrales de la región estaban maniatados por la inestabilidad interna y la desconfianza externa, esta vez se han enfundado sin miedo la capa de Superman: han cruzado sin miedo la frontera de la heterodoxia —inyecciones de liquidez a gran escala; compras de deuda en el mercado secundario…— y han hecho la vida fácil a los Gobiernos. Hace 20 o 30 años la historia de esta crisis habría sido harto distinta, al menos en lo puramente financiero: el fantasma de la devaluación y la inflación habría apretado fuerte e inhibido cualquier estímulo monetario. “Pero ahora no: se han desarrollado instituciones fiscales y monetarias sólidas, y la mayoría de bancos centrales autónomos son autónomos y tienen un compromiso claro con la estabilidad de precios”, desliza Martín Castellano, responsable de análisis para Latinoamérica del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, la patronal mundial de la banca). “Todo eso les está permitiendo ser más agresivos, abaratando aún más la financiación del sector público”.

La deuda barata también es una oportunidad histórica para los Estados, y una invitación en letras doradas para tomar más prestado. “Hay una necesidad enorme de reactivar la economía y apoyar a las familias, y sería bueno aprovechar para emitir más”, zanja Stephany Griffith-Jones, investigadora de la Universidad de Columbia especializada en América Latina. “Sin embargo, no pueden confiarse: todo depende de los famosos animal spirits de [John Maynard] Keynes, el factor irracional de los mercados. Y, si por cualquier cosa subiesen los rendimientos en los países desarrollados, se produciría un éxodo a la inversa”. La dirección del viento, bien lo sabe la región, puede cambiar en cualquier momento.