Una empleada de un restaurante limpia una mesa, la semana pasada en el centro de Bogotá.
Una empleada de un restaurante limpia una mesa, la semana pasada en el centro de Bogotá.JUAN BARRETO / AFP

En tiempos de hipérbole e inflación de adjetivos, el uso del término “histórico” —en positivo o en negativo— debería quedar circunscrito a hechos muy puntuales: la realidad tiene que cantar mucho para que algo de verdad pueda ser visto como tal. Este es, sin duda, uno de ellos: el PIB latinoamericano caerá este año un inédito 8,1%. Una cifra gruesa, mucho, pero también notablemente menor de lo que habría sido si los Gobiernos no hubiesen aumentado el gasto público hasta niveles igualmente inéditos para evitar males mayores: según los cálculos publicados este jueves por el Fondo Monetario Internacional (FMI), sin este impulso el perímetro del cráter económico habría sido casi el doble de grande, de entre seis y siete puntos porcentuales más.

Se dice con razón que las naciones emergentes —y América Latina es parte importante de ese club— tienen mucho menos margen de maniobra en política fiscal y monetaria que sus pares ricas. Pero, salvo contadas excepciones —México es la más evidente— la mayor parte de países de la región, con Brasil, Chile, Perú y Argentina al frente, han exprimido todo lo posible su capacidad de acción para mitigar un choque que no entraba en ningún manual. Aunque el esfuerzo fiscal anticrisis ha sido cuatro puntos menor que la media mundial —ocho puntos porcentuales del PIB frente a 12—, los resultados empiezan a estar ahí: la recesión será enorme, sí, pero sin la apelación en tromba a los mercados rozaría lo apocalíptico.

Brasil es para el FMI el ejemplo más claro de que el aumento del gasto, en especial en su vertiente social, está dando réditos este año: sin el programa de ayuda de emergencia a quienes peor lo está pasando, la ratio de pobreza extrema se habría disparado hasta casi el 15% de la población desde el 6,7% anterior de la pandemia. La renta básica temporal para 60 millones de personas ha logrado revertir con éxito esa tendencia, y de qué manera: lejos de subir, la carestía extrema ha caído hasta el entorno del 5,4%. “Este tipo de medias excepcionales están desempeñando un papel esencial en el apoyo a la actividad económica para evitar una recesión aún más severa y un mayor impacto social”, apuntan los técnicos del organismo con sede en Washington en su revisión de las constantes vitales de la economía regional publicada este jueves.

La política monetaria, también clave

Las novedades de esta crisis no llegan únicamente desde el flanco fiscal. La política monetaria ultraexpansiva parecía, hasta hace solo unos meses, posible solo para las economías avanzadas, más estables, con la inflación bajo control y que cuentan con el favor de los inversores desde tiempos inmemoriales.

Pero la pandemia ha demostrado que las naciones de renta media también pueden tirar de esta herramienta en tiempos de turbulencia máxima: la mayoría de los bancos centrales latinoamericanos ha relajado su política monetaria e inyectado montos importantes de liquidez desde el inicio sanitario, algunas de las principales economías del área —Brasil, México, Perú— han rebajado los tipos de interés en más de dos puntos porcentuales e institutos emisores como el colombiano han cruzado el Rubicón de los QE con compras de deuda pública y privada. “Estos programas han reducido el coste de emisión de los Gobiernos y reducido el estrés en los mercados”, reconoce el FMI.

En el ecuador de una nueva década perdida

Pese a la acción de Gobiernos y bancos centrales, el horizonte económico de la región es más que sombrío. Al contrario que durante la crisis financiera de 2008 y 2009, que zarandeó a Estados Unidos y Europa pero que apenas tuvo incidencia en la región —que pudo engancharse a la buena marcha de China y a su apetito voraz por las materias primas—, esta vez las cosas son distintas: los productos básicos han regresado, por lo general, a los valores precrisis y las remesas han aguantado mejor de lo previsto, pero el turismo sigue paralizado, el consumo interno ha quedado muy tocado y el empleo informal, que amortiguó el golpe en anteriores recesiones, se ha llevado la peor parte.

“Ahora los factores domésticos y los externos se mueven en tándem, y el panorama de medio plazo apunta a una recuperación larga, con costes duraderos”, advierten los economistas del Fondo, que no creen que el PIB regional vuelva al nivel previo a la pandemia hasta, como pronto, 2023.

Con los datos en la mano la región está, una vez más, ante el eterno déjà vu de la década perdida: según los cálculos del FMI, la renta per cápita llegará a 2025 al mismo nivel o incluso por debajo del punto de partida de 2015. “Eso significa que Latinoamérica y el Caribe se enfrenta a una nueva década perdida, como en los años ochenta”, esbozan desde el multilateral. “La covid-19 tendrá un amplio impacto en el empleo y borrará parte de los avances sociales logrados por la región hasta 2015. Las estimaciones actuales indican pérdidas de ingreso duraderas, la pobreza aumentará sustancialmente y se agravará la desigualdad del ingreso en América Latina y el Caribe, que ya era una de las más altas del mundo antes de la pandemia”. Solo el gasto público, que ha rebajado la categoría del huracán económico de hecatombe a crisis de caballo, y los programas de asistencia podrán “amortiguar el impacto”.