noviembre 1, 2020
Protestas en Buenos Aires contra el Fondo Monetario Internacional, en agosto de 2018.
Protestas en Buenos Aires contra el Fondo Monetario Internacional, en agosto de 2018.David Fernández / EFE

La pandemia impacta con fuerza en el lado de allá: con el desplome del PIB, la renta per cápita en Latinoamérica ha retrocedido una década, y la pobreza extrema está a niveles de los noventa, nada menos. Europa nunca fue el mejor lugar para sentirse optimista con América Latina, y puede que España tampoco lo sea: el Ejecutivo alerta en un documento interno del riesgo de crisis de deuda “inmanejables”. La diplomacia española dibuja un panorama socioeconómico sombrío. Ante el escaso margen fiscal y monetario de la región, España apuesta por abrir líneas de financiación multilaterales para evitar males mayores.

El FMI, el Banco Mundial y la Cepal pronostican caídas del PIB en torno al 8% este año: ese batacazo ha resucitado la maldición latinoamericana de la década perdida. A finales de 2020 habrá 214 millones de pobres en la región, más de un tercio de la población, y se prevé que 83 millones de personas caigan en la extrema pobreza, un artificio estadístico que pone el umbral en unos ingresos inferiores a 1,9 dólares al día: eso supone un amargo regreso a los muy olvidables años noventa. La crisis migratoria no tiene precedentes. La desigualdad alcanza alturas mareantes. La corrupción y los estallidos de violencia siguen a la orden del día. Y a la hipérbole que esbozan los datos socioeconómicos se unen las tendencias sociopolíticas, con un malestar que se refleja en niveles de insatisfacción con la democracia que han pasado del 51% al 71%, los peores números en un cuarto de siglo. Esa lasaña de cifras y complejidades deja expuesta a la región ante sus viejos fantasmas: España, en ese documento de apenas una docena de jugosas páginas, alude al “riesgo de una nueva crisis de deuda soberana y un prolongado ciclo de políticas de austeridad”. Los ajustes, que ya han empezado en algún país, “pueden agravar las fracturas sociales” si no se arbitra una respuesta multilateral, que España se ofrece a liderar.

“Además de los retos de salud, los países de la región pueden tener dificultades para conseguir financiación. No existe para ellos ni una Reserva Federal ni un Banco Central Europeo: más allá del mercado, su capacidad va a depender de las respuestas que puedan dar las instituciones financieras internacionales”, explicó el pasado jueves la secretaria de Estado de Exteriores e Iberoamérica, Cristina Gallach.

Con permiso de Eduardo Galeano, escribir de política económica latinoamericana requiere “el estilo de una novela de amor o de piratas”. En América Central y del Sur la piratería económica tiene una mala salud de hierro: las crisis de deuda se suceden cada 10 años —grosso modo— y siempre parece haber una década perdida detrás de la esquina. Las métricas del huracán actual se comparan estupendamente con las de la Gran Depresión, que dejó una fea cicatriz en aquellas latitudes, o con la formidable crisis de deuda de los ochenta. Pero allá por 2008, con Lehman Brothers metiendo al mundo en un lodazal, la economía global vivía una historia de amor con Latinoamérica: la región venía de un lustro buenísimo, que solo pinchó en 2009 pero se recuperó rápidamente con la inestimable ayuda del superciclo de materias primas y de China. Aquella luna de miel dejó paso a la ineludible novela de piratas: la región entró en la pandemia cojeando, con una pata de palo en forma de un lustro de crisis.

La covid amenaza con sajar también la pierna buena. “Las crisis sanitaria, económica y social se producen en un escenario político fragmentado y polarizado, con bajos niveles de confianza en las instituciones y elevada desafección ciudadana, economías frágiles y altos niveles de desigualdad, pobreza y exclusión que pueden originar revueltas sociales y crisis políticas profundas”, según el diagnóstico del citado documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS. El cuadro médico combina malestar social —ha habido revueltas en Chile, Colombia, Ecuador, Nicaragua, Venezuela— y volatilidad política, en la que se mezclan virajes bruscos (México, Argentina) y varios líderes con tendencias autoritarias. España, eso sí, aplaude los recientes episodios en Chile y Bolivia: no todo iban a ser malas noticias.

El flanco económico es un auténtico quebradero de cabeza. Antes de la pandemia, Argentina y Ecuador ya aplicaban programas de ajuste patrocinados por el FMI. “En la situación actual, una parte importante de la región se puede ver abocada a afrontar crisis de deuda inmanejables”, a juicio de Exteriores. Eso volvería a poner de relieve la falta de un mecanismo multilateral para reestructurar deudas, que reconozca “tanto los derechos de los acreedores como las necesidades de los países endeudados” y evite a los “fondos oportunistas”.

España, con grandes intereses en la zona, denuncia una “respuesta multilateral insuficiente”: la moratoria de deuda acordada en el G20 solo cubre a los 76 países más pobres del mundo, lo que deja fuera a la inmensa mayoría de América Latina. El Gobierno planteará propuestas tanto en el FMI como en el propio G20 para encontrar soluciones: “Se busca evitar que la crisis sanitaria derive en una crisis de deuda de grandes proporciones”. Entre las recetas que contempla España están una emisión extraordinaria de Derechos Especiales de Giro (el capital del FMI, una solución complicada por el bloqueo de EE UU) o la posibilidad de que el Fondo use en América el margen del que dispone para Europa si el Viejo Continente no lo necesita. Se proponen también “moratorias amplias” y la flexibilización de líneas de liquidez del FMI y de los bancos multilaterales de desarrollo. España no se ahorra propuestas que pueden levantar ampollas, como “un mayor esfuerzo fiscal por parte de las élites de cada país”.

Pesimismo matizado

Ese análisis data del pasado junio. El Ejecutivo ha matizado recientemente el tono pesimista del informe: la número dos de Exteriores, Cristina Gallach, auguró la semana pasada “dificultades en varios países para hacer frente a problemas de financiación”, aunque evitó mencionar el sintagma maldito crisis de deuda. José Antonio Ocampo, de Columbia, admite que el impacto de la pandemia ha sido “muy fuerte” pero no comparte los análisis más sombríos: “Las reestructuraciones en Argentina y Ecuador funcionaron y hay líneas de crédito del FMI en varios países. Y lo más importante: a diferencia de otras veces, el cierre de los mercados duró apenas un par de meses. Puede haber problemas puntuales si la crisis sanitaria se prolonga, pero a América Latina tampoco le va peor que al Sur de Europa”, cierra con una ironía que funciona a la vez como una verdad incómoda.

Las fracturas del mundo poscovid

El documento de Exteriores plantea desde su arranque “iniciativas y acciones concertadas en el G20 y otros foros con el objeto de facilitar el acceso a la financiación y alivio de la deuda frente a la crisis”, pero va mucho más allá: España pretende reforzar su estrategia diplomática en la región —tiene previstas dos visitas en breve: a Chile y a Bolivia—, y sobre todo quiere reforzar el papel de la UE en América Latina, ante la feroz competencia geopolítica de China y Estados Unidos. “América Latina puede ser uno de los escenarios en los que se dirimirán algunas de las fracturas clave del mundo poscovid: nacionalismo o cooperación global; sociedades abiertas o cerradas, democráticas o autoritarias; y sobre el papel de España y la UE en un mundo de creciente competencia geopolítica”, apunta el informe del Ejecutivo español, que constata que la UE es un actor “poco relevante” en la región.

Para recuperar influencia, España propone mejorar el tratamiento de América Latina en el Marco Financiero Plurianual, el presupuesto de la UE. Exteriores pretende jugar “un papel más activo en las crisis regionales, en particular en Venezuela”, y planea incrementar los recursos “para que la estrategia de cooperación española recupere credibilidad y capacidad”.

España constata la crisis de las iniciativas de cooperación regional: Unasur se ha desmantelado; la Celac está paralizada desde 2017 y proyectos como la Organizacion de Estados Americanos (OEA), Prosur o el Grupo de Lima “no tienen credibilidad ni autonomía por su alineamiento con EE UU”. La Alianza del Pacífico “ha perdido su atractivo original”, y en Mercosur “hay tensiones por el enfrentamiento entre Brasil y Argentina”, aunque España urge la entrada en vigor provisional del acuerdo UE-Mercosur.