noviembre 7, 2020
Un operario observa molinos de viento marinos desde una plataforma en el mar del Norte, cerca de la costa alemana.
Un operario observa molinos de viento marinos desde una plataforma en el mar del Norte, cerca de la costa alemana.CharlieChesvick/Getty Images

A veces un dicho narra mejor la realidad de un sector que una presentación cargada de números y frases rimbombantes. “El mejor negocio del mundo”, se oye desde hace décadas, “es una petrolera bien gestionada; el segundo mejor, una petrolera mal gestionada”. El chascarrillo esconde aún una parte importante de verdad —cuántas fortunas no se han cimentado sobre el crudo—, pero parece tener los días contados. Por el bien del planeta, el negocio está abocado a un declive más o menos acelerado en el que las renovables ocuparán, poco a poco, su lugar. Y los grandes del sector, que le empiezan a ver las orejas al lobo, no quieren perder el paso.

Si en los años noventa aún se elucubraba sobre cuándo se agotaría todo el crudo del subsuelo —el famoso cénit petrolero—, hoy se sabe con certeza que millones de barriles quedarán sepultados bajo tierra por los siglos de los siglos: los avances tecnológicos y, muy particularmente la fracturación hidráulica, han aumentado la oferta disponible hasta niveles inimaginables, pero la demanda global hará cumbre en un punto indeterminado entre 2030 y 2035. En paralelo, el éxodo de los grandes nombres de la industria, sobre todo en Europa, ya ha comenzado: aunque el corazón de su negocio seguirá siendo el crudo, al menos durante unos cuantos años más, las renovables se han convertido en el destino prioritario de sus inversiones. Con las cuentas corrientes aún repletas tras décadas de beneficios a mansalva, la baza de la electricidad verde seguirá ganando fuerza ajena a la pandemia global.

Lavado de cara

La caudalosa cascada de anuncios de inversiones en energías limpias en los últimos meses tiene —como reconocen varias voces autorizadas en el sector— algo de greenwashing, el anglicismo que se refiere al lavado de cara verde de muchas empresas en tiempos de máxima presión social sobre las que son contaminantes. La industria petrolera tiene mucho que esconder: una veintena de colosos del sector —de Saudi Aramco a la rusa Gazprom; de la estadounidense ExxonMobil a la estatal mexicana Pemex— son responsables de, atención, la tercera parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero desde 1965, según un reciente estudio conjunto de Richard Heede, del Climate Accountability Institute, y el diario británico The Guardian.

Las renovables sonríen con Biden

Multienergéticas ‘made in Spain’

El cambio de nombre del gigante noruego del crudo Statoil —Equinor desde hace dos años— es uno de los ejemplos más claros de que los grandes actores del sector quieren dejar atrás la etiqueta de “petrolera” para empezar a catalogarse, simplemente, como “energéticas” o, más aún, “eléctricas”. Sacudirse del lastre del pasado es un imperativo, pero ni mucho menos toda la amplitud de la jugada se explica por un mero intento de venderse a la sociedad vestidas con un nuevo traje: sabedores de que el futuro —y el dinero— está en la electricidad y que las tecnologías renovables ya son rentables por sí mismas, el envite tiene mucho de estrategia a medio y largo plazo. “Las grandes petroleras ya no están únicamente en el negocio de extraer y vender petróleo. Están en el negocio de hacer dinero: da igual si viene o no del crudo”, sintetiza por teléfono Paola Rodríguez-Masiu, analista de Rystad Energy en Oslo (Noruega).

Con la eficiencia y la competitividad dibujando una curva ascendente desde hace años, las energías limpias —eólica, solar o biomasa, entre otras— ya no necesitan la muleta de las ayudas públicas para encontrar inversores dispuestos a apostar por ellas. Más bien al contrario: los continuos avances técnicos están atrayendo cada vez más interés por parte de empresas inicialmente ajenas —tecnológicas incluidas—, y las petroleras no son una excepción. “Es una gran oportunidad para ellas, pero al salirse del campo en el que cuentan con una mayor ventaja competitiva [la extracción y el refinado de petróleo], tendrán que competir con otros jugadores y deberán demostrar su capacidad para ser exitosas también en este campo”, acota Bassam Fattouh, director del Oxford Institute for Energy Studies, adscrito a la universidad británica homónima.

Sin embargo, las petroleras tienen una parte no menor del camino recorrido. Primero, porque con la inversión en pozos petroleros prácticamente paralizada desde hace meses, cuentan con ingentes cantidades de dinero listo para ser desembolsado. Segundo, porque su capital humano resulta “relativamente intercambiable” —en palabras de Gonzalo Escribano, investigador principal y director del programa de Energía y Cambio Climático del Real Instituto Elcano— entre el crudo y las renovables. Y eso es una ventaja esencial: “Disponen de ejércitos de ingenieros sin gran carga de trabajo por el frenazo de la exploración y producción; y de traders que se dedican a comprar y vender petróleo, y que perfectamente pueden pasar a hacer lo mismo con contratos eléctricos”, desarrolla.

Grandes proyectos

Las petroleras tienen un tercer factor más que aportar a la ecuación: su experiencia en la gestión de grandes proyectos, un atributo del que no tantos sectores pueden sacar pecho, y en operaciones mar adentro, vital para la energía eólica offshore, una rama que no ha dejado de crecer en los últimos tiempos. “Eso facilita mucho las cosas. Lo raro es que hayan tardado tanto en dar este paso, cuando las renovables llevan bastante tiempo siendo rentables por sí mismas”, completa Escribano. “Pero ya se han dado cuenta de que el coche eléctrico les va a pasar por encima y de que tienen que aprovechar sus fortalezas, que siguen siendo muchas”.

¿Fotovoltaica o viento? ¿Biomasa o mareomotriz? Casi todas las petroleras están jugando con varias barajas, pero ya van asomando sus preferencias. “Cada una se está centrando en el nicho de especialización que más le conviene, en función de sus ventajas competitivas”, desliza Rodríguez-Masiu. Mientras la francesa Total o la portuguesa Galp están apostando a lo grande por la solar, especialmente centradas en la península Ibérica, la británica BP, una de las primeras en lanzarse al ruedo cuando las renovables aún no eran rentables sin primas públicas, se ha decantado por los biocombustibles y el viento. Y mientras Equinor, con mucha experiencia en pozos marítimos, ha puesto el foco en los molinos de viento en mar abierto, la angloholandesa Shell, que busca su segunda reconversión total en sus dos siglos de historia tras dejar atrás la compraventa de conchas —su actividad inicial cuando nació—, quiere hacerse fuerte en el hidrógeno verde sin perder de vista las alternativas solar y la eólica. El resultado: una pléyade de nuevas fuentes de energía renovable se está colando más rápido de lo que muchos aventuraban en la matriz productiva de estos gigantes mundiales de los hidrocarburos.

Tendencia europea

La reconversión del modelo de negocio, sin embargo, dista mucho de ser una tendencia mundial: es, más bien, algo típicamente europeo, y el Atlántico, más que un océano parece una sima. Mientras las petroleras del Viejo Continente han pisado el acelerador, apartando paulatinamente el petróleo para abrazar las renovables —Oswald Clint, de la consultora Bernstein, prevé que la fracción de beneficio generada por sus negocios de bajas emisiones pasará del menos de 2% actual al 8% y a entre un 14% y un 16% en 2030, “para seguir aumentando de ahí en adelante”—, las americanas se están quedando atrás.

La “menor presión doméstica para diversificarse” parece el factor clave de esta asimetría, como reconocen los técnicos de la organización sin ánimo de lucro Carbon Disclosure Project (CDP, por sus siglas en inglés): si las autoridades nacionales —el caso de la Administración de Donald Trump es paradigmático; con Joe Biden las cosas cambiarán—, los accionistas y, en última instancia, los consumidores no se muestran beligerantes, el movimiento es mucho más lento. E influye, también, que el negocio de las grandes petroleras estadounidenses descansa mucho más en el polémico crudo fracking, mucho más flexible y adaptable a los vaivenes a los que acostumbra el mercado petrolero. “A diferencia de sus competidoras europeas, siguen prefiriendo explotar sus ventajas competitivas en gas y petróleo”, explica Rebecca Fitz, directora sénior del Boston Consulting Group (BCG), especializada en temas energéticos.

Y, sin embargo, aunque a un ritmo mucho menor, en los últimos tiempos algunos grandes nombres estadounidenses del sector de los combustibles fósiles van entrando poco a poco en el carril de las renovables: por ejemplo, en el año 2018 ExxonMobil empezó a tomar posiciones en proyectos de energía solar y eólica en Texas —la cuna petrolera del país norteamericano, que está virando a marchas forzadas a las fuentes limpias—, y Chevron acaba de anunciar una potente inversión para cubrir sus propias necesidades energéticas en la extracción y tratamiento del crudo. En EE UU, en fin, también empiezan a caer poco a poco en la cuenta de que el futuro será renovable o no será. Pero, de no acelerar el tránsito, zanja por correo la experta del BCG, quedarán “en una posición mucho menos diversificada” y, por tanto, probablemente más débil.

Aún más lenta está siendo la transición en otros rincones del globo. En América Latina, al margen de la apuesta de la brasileña Petrobras por el biofuel —que no por la electricidad procedente de fuentes renovables—, el resto de actores relevantes sigue completamente anclado a sus negocios tradicionales (crudo y gas) a pesar de que sus cuentas de resultados necesitan como el comer nuevas fuentes de ingresos.

Sus pares chinas solo ahora empiezan a desvelar sus planes para transitar hacia las renovables con la intención de alcanzar la neutralidad en carbono a mediados de siglo. Y en la península arábiga Saudi Aramco, la mayor petrolera del mundo y una de las mayores empresas del planeta por valor en Bolsa, ha optado por una retórica grandilocuente apenas sustentada en acciones —e inversiones— concretas: mantiene unos costes de extracción tan bajos —entre los menores del mundo— que sus márgenes se mantienen altos incluso en un entorno de precios deprimido como el actual. “Planes para moverse a las renovables tienen y en el desierto hay espacio de sobra para placas solares”, enfatiza Escribano. “Cuando den el paso, si lo dan, su problema será otro: ¿a quién podrán vender toda esa energía?”, se pregunta.

Lejos de frenar el empuje de las petroleras hacia las energías renovables, la pandemia puede acelerarlo aún más. Una marejada económica como esta —estamos, no se puede olvidar, en mitad de la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial— no es buena para ningún sector. Ni siquiera para el de las renovables, hoy por hoy un valor seguro. Pero la crisis sanitaria acelera el proceso por otras vías: el teletrabajo, el menor uso del avión y el cambio de hábitos —más consumo local— han llevado a algunas casas de análisis a adelantar el pico de consumo de crudo a solo una década vista.

Penalización bursátil

“Antes, cuando hablábamos de transición energética con nuestros clientes lo hacíamos en condicional. Ya no: ahora todo el mundo, incluidas las petroleras, la dan por seguro”, ilustra Rodríguez-Masiu, de Rystad. El mercado también cotiza el paulatino ocaso de los combustibles fósiles: tras caer en abril, en lo más crudo de la pandemia, al abismo de los precios negativos —pagar por deshacerse de petróleo, que se dice pronto—, su recuperación ha sido mucho más lenta que la de otras materias primas. En paralelo, la valoración de las petroleras cotizadas en Bolsa también se ha resentido: es uno de los sectores que peor comportamiento ha tenido desde el inicio del estallido sanitario y pocos auguran un rebote fulgurante a corto o medio plazo.

“La pandemia de la covid-19 y el descenso del precio del crudo han empeorado las cosas para las petroleras, erosionando su rentabilidad y reduciendo el atractivo de los proyectos de hidrocarburos vis a vis de las renovables, que suelen ofrecer retornos más bajos pero menos riesgos y flujos de caja más estables”, cierra Fattouh, del Oxford Institute.

Una última relevante en el cuaderno de bitácora del naufragio: la eléctrica española Iberdrola —intensiva, cómo no, en activos renovables— ya vale el doble que la española Repsol y la italiana Eni juntas, y pisa los talones a Total. Es el último signo del cambio de era. “Pero eso no quiere decir que el petróleo esté totalmente muerto”, sentencia Rodríguez-Masiu. “Igual que seguimos quemando carbón o madera, seguirá ahí. Aunque con un espacio cada vez menor ante la competencia de las renovables”. Algunos, sobre todo en Europa, ya lo han entendido.