noviembre 23, 2020
Liquidación en una tienda del centro de Santiago.
Liquidación en una tienda del centro de Santiago.OSCAR CORRAL

Pilar Ruiz, de 33 años, es una rara avis. Mientras en abril el mundo parecía desmoronarse en plena pandemia y los ERTE desbordaban las oficinas de empleo, a ella la ascendieron en su trabajo como analista de negocios para una inmobiliaria. Su hermana Beatriz, de 27, se quedó donde estaba: en su puesto de médico residente en el centro de salud de Aravaca y haciendo guardias en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. Un lugar delicado cuando un virus anda suelto, con mucha más exigencia, pero donde también ha estado protegida de los vaivenes del mercado laboral. Pilar teletrabaja, anuló sus planes de viajar a África este verano y su coche apenas sale del garaje. Ya no recorre diariamente los 15 kilómetros de ida y 15 de vuelta que separan su casa en Madrid de la oficina. Tampoco se maquilla ni se echa colonia al haber reducido sus salidas al mínimo. Beatriz enumera las cosas que dejó de hacer durante el encierro y todavía no han retornado con normalidad a su rutina: ir al cine, a conciertos, a restaurantes, viajar. Absorbida por la sobrecarga de trabajo, enfundada en el pijama de hospital, apenas compra ropa.

El cambio de hábitos por los confinamientos, con muchas menos oportunidades de consumo por los cierres de negocios, unido a la mayor incertidumbre sobre si podrán mantener sus ingresos en un futuro marcado por la crisis, ha dado pie a un fenómeno generalizado entre funcionarios, asalariados o pensionistas que han seguido cobrando puntualmente cada mes: el ahorro de los hogares se ha disparado hasta situarse al final del segundo trimestre en una cifra récord del 22,5% de la renta disponible, según datos del Instituto Nacional de Estadística. A la misma conclusión se llega observando las últimas cifras del Banco de España: hasta septiembre, las familias tenían en depósitos a la vista 760.300 millones de euros, un nivel sin precedentes. Incluso en verano, donde tradicionalmente bajan por el gasto durante el periodo vacacional, siguieron aumentando.

“Los trabajadores que no han perdido su empleo ni han caído en un ERTE, los que están indefinidos, y los que pueden teletrabajar están ahorrando mucho”, explica Ignacio Conde-Ruiz, subdirector de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) y profesor de la Universidad Complutense. “Pero si tenías un contrato temporal y lo has perdido, has entrado en ERTE o estás en riesgo de pobreza, no puedes ahorrar. Es muy asimétrico, muy desigual en cuanto al nivel de renta”, añade.

Es una de las paradojas de la pandemia. La caída del consumo, del 23,9% en el segundo trimestre, ha penalizado a trabajadores precarios, autónomos y empresarios, pero infla las cuentas corrientes de aquellos asalariados, funcionarios y jubilados que no han visto mermados sus ingresos. Simplificados, los males para el comercio pueden resumirse en una frase: el que ha perdido poder adquisitivo por la crisis no gasta más allá de sus necesidades vitales porque no puede, y el que lo ha ganado tampoco, porque ahorra ante lo incierto del panorama o la incomodidad de las restricciones.

Cuando se le pregunta si es ahora el momento de su vida en que tiene más ahorros, Beatriz Ruiz no duda: “claramente”, asegura. El diagnóstico sobre sus finanzas personales va acompañado de cierto pudor dadas las difíciles circunstancias por las que atraviesa parte de la población. “Da un poco de cosa que mientras tú sigues ganando dinero haya gente pidiendo para comer, pero para eso están las ayudas públicas”, afirma.

Conde-Ruiz cree que los Presupuestos podían haber sido mejores si en lugar de subir el sueldo a los funcionarios en un contexto de inflación negativa, hubieran agilizado el Ingreso Mínimo Vital o lanzado ayudas temporales a las familias más golpeadas. “No solo sería más justo, sino también tendría un multiplicador del gasto mayor, pues lo van a gastar seguro porque no tienen capacidad de ahorro, mientras que el funcionario ahorrará una parte por motivos de precaución”.

El último viaje de José Luis Muñoz-Cobo, de 71 años, jubilado y profesor emérito de la Universidad Politécnica de Valencia especializado en ingeniería nuclear, fue a Argentina en diciembre. Este verano no cumplió con el ritual del gran viaje estival junto a su esposa, Consuelo Higón. Reconoce que gracias a los ahorros y la pensión tiene poca incertidumbre, pero defiende que se lo ha ganado tras casi 46 años cotizando. Aunque de un modo menos feroz, también ha sufrido a su modo las consecuencias económicas de la pandemia: han perdonado un mes y rebajado varios más el alquiler a un negocio de autocaravanas que funciona en una nave de su propiedad en Asturias, y sus planes de pensiones vinculados a la Bolsa se han resentido.

Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (Afi), recuerda que son los gastos variables, asociados a la conducta, los que están cayendo. Los fijos, como la hipoteca o el alquiler, se mantienen, y en algunos casos como el de la electricidad, el gas o Internet, suben. El madrileño Miguel Ángel Rozas, funcionario del Instituto de Crédito Oficial desde hace 27 años, da fe de ello. No se cuenta entre los que ha ahorrado. Dice que ha tenido que aumentar su tarifa de datos al trabajar desde casa, gasta más en calefacción, ha comprado una silla ergonómica y se permite más lujos al hacer la compra en el supermercado. “Para las empresas es un chollo, no pagan aire acondicionado, limpieza, agua, luz ni seguridad”; se queja. Algunas entidades, como Afi, han sufragado a sus empleados que teletrabajan el coste de la silla o la mesa de trabajo, pero no es algo generalizado.

El aumento del ahorro tiene un lado positivo. “Creo que en el cuarto trimestre no, pero el año que viene con la llegada de la vacuna ese ahorro embalsado acabará en consumo”, vaticina el economista Ignacio de la Torre. El directivo de la firma de inversión Arcano explica que una de las claves de que el ascenso del PIB español en el tercer trimestre fuera mayor al esperado es que se infravaloró la vuelta del gasto de los hogares. Un informe elaborado por su entidad bajo el título El mundo post covid anticipa una reactivación robusta del consumo. “Recordemos siempre que a la gran tragedia de la gripe española de 1918-1919 no siguió un estado de depresión colectiva, sino los alegres y alocados años veinte”, señala el texto.

La Comisión Europea también la espera. Aunque en sus previsiones de otoño, publicadas a comienzos de mes, se muestra prudente a más largo plazo. “La caída del consumo irá seguida por un repunte relativamente fuerte el próximo año, ya que los hogares liberarán gradualmente los ahorros acumulados y ajustarán sus patrones de gasto a la realidad de la pandemia. Sin embargo, se prevé que el crecimiento del consumo privado se moderará en 2022, en gran parte debido a la persistente incertidumbre sobre las perspectivas de empleo e ingresos que probablemente mantendrán elevados los ahorros preventivos”.

La gran pregunta ahora es hasta qué punto el ahorro, unido al maná de los fondos europeos, propiciará un círculo virtuoso de más consumo, más crecimiento y más empleo. Ontiveros advierte de posibles secuelas psicológicas en nuestro comportamiento económico. Quizá el rescate público de los más golpeados permita un aterrizaje más suave, pero no está claro que volvamos a tirar de cartera con tanta alegría. “La pandemia ha reforzado la percepción de vulnerabilidad. La crisis de 2007 fue un susto grande. Hizo crecer la percepción general de que el sistema económico era más vulnerable de lo que pensábamos. Y eso se está interiorizando”, concluye.