noviembre 8, 2020
Reparto de alimentos en la barriada de Los Asperones, en Málaga, durante el confinamiento.
Reparto de alimentos en la barriada de Los Asperones, en Málaga, durante el confinamiento.Garcia-Santos / El Pais

El otoño pasado trajo a Adelaida Román una gran recompensa por su esfuerzo: un trabajo como camarera de piso en el hotel Holiday Inn, a un paso del aeropuerto de Málaga. Era un contrato de un mes, pero su buen hacer y la excelente temporada turística que vivía la Costa del Sol le valió para prolongar su contrato. Cobraba 750 euros por algo más de media jornada, un salario modesto que para ella era oro puro. La estabilidad por fin llegaba a la vida de esta joven de 34 años, permitiéndole, por una vez, mirar hacia adelante con ilusión. “Además, el horario me facilitaba llevar a mis tres hijos al colegio”, explica la mujer. Su situación se cortó de raíz con la llegada de la crisis sanitaria. El turismo se esfumó y, con él, como ocurrió a otros muchos miles de personas, su trabajo. “Para nosotros era muy importante: mi marido está enfermo y no puede trabajar, así que era el único ingreso que teníamos”, destaca. No pudo entrar en el ERTE porque no había cotizado lo suficiente. Ahora mira al futuro con incertidumbre y preocupación, especialmente por sus pequeños de 4, 8 y 12 años.

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El número de hogares españoles con todos sus miembros en activos en paro subió en el segundo trimestre del año a 1,14 millones, según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) publicada esta semana. Hace un año eran 992.000. El informe también refleja que existen 670.000 familias sin ingresos, la cifra más alta desde el segundo trimestre de 2016 y apenas a 100.000 casos del récord histórico, a finales de 2013 cuando la crisis económica de principios de la década pasada apretaba más que nunca. Son estadísticas crudas, negativas, pero amortiguadas por las ayudas a autónomos y los expedientes de regulación temporales de empleo (ERTE) en los que aún permanecen miles de trabajadores con el empleo suspendido, aunque con ingresos. “Y son datos que también recogen como inactivos a los parados que, durante el confinamiento, no podían buscar trabajo porque en ese momento era imposible hacerlo”, dice Luis Ayala, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y especialista en redistribución, política social y mercado. “Probablemente los datos del próximo trimestre sean malos, muy malos, aunque también recogerán la reactivación de la economía”, subraya.

El experto relata cómo durante esta crisis sanitaria se han fortalecido redes informales de protección –vecinos, familiares, asociaciones…– pero también las formales, fundamentalmente con la puesta en marcha del ingreso mínimo vital. Pese a esta mejora, Ayala echa en falta más implicación de las Administraciones autonómicas y, sobre todo, de los ayuntamientos. Destaca que el mercado laboral ya venía precario y con contratos temporales y de pocas horas y que la actual crisis lo ha tambaleado aún más. También que el crecimiento de hogares con todos sus miembros sin empleo que refleja la EPA y, más aún, sin ingresos, anticipa “una mayor pobreza severa [situación en la que viven 2,2 millones de personas en España] y un importante crecimiento de la desigualdad” que cada vez afecta más a la clase media trabajadora.

La malagueña Aida recibe apenas 190 euros del ingreso mínimo vital porque tiene en cuenta sus nóminas de 2019. “Pero ahora es cuando más necesito, a lo que se une la dificultad para encontrar trabajo”, afirma la joven, que no quiere ni recordar cómo transcurrió el confinamiento, cuando ya en el último tramo se vio obligada a solicitar la ayuda alimentaria que diferentes entidades privadas y públicas organizaron en su barriada, Los Asperones.

Incertidumbre, miedo y un horizonte complicado

“Fue una etapa muy difícil. Te ves sin ingresos, con una enorme incertidumbre y mucho miedo”, añade por su parte Meritxell Moñino, en paro, como su marido. Tienen dos hijas, de 7 y 13 años, en el municipio de La Algaba (16.374 habitantes), al norte de Sevilla. También tuvieron que echar mano de ayuda social, en este caso de la organización Save the Children, donde les ayudaron tanto desde el punto de vista económico como psicológico, un apoyo que aún se mantiene y que ella considera “básico”.

Hasta la llegada del estado de alarma, Moñino, de 33 años, trabajaba limpiando en casas. Su marido, Pedro Pérez, hacía de chapuzas en obras. Nunca les hacían contrato, pero necesitaban el dinero. Y cuando llegó el confinamiento, se quedaron sin ingresos. “Las familias cogieron miedo al virus, a que entrara gente a sus viviendas y me quedé sin trabajo de un día para otro”, cuenta la sevillana. A su pareja le ocurrió prácticamente lo mismo. “Ahora nos preocupa mucho el futuro, porque sigue habiendo temor a la enfermedad y la economía va a peor”, añade mientras apela a la responsabilidad para que no haya más brotes de coronavirus como el que se ha detectado en su pueblo estos días. En el último trimestre, el PIB cayó un 18,5% en España.

Tampoco lo tiene fácil Cristina Álvarez, de 53 años. Llegó a Málaga desde Colombia en mayo de 2019 para buscar empleo y ayudar económicamente a su familia en su país. No tardó demasiado en encontrar trabajo. El 1 de agosto empezó a cuidar, como interna, a una señora de 89 años con alzhéimer. La llegada del estado de alarma hizo que se quedaran confinadas juntas y la familia, que la empleaba sin contrato, no le permitía salir ni a hacer la compra. No tenía horas de descanso y el cuidado de la anciana era las 24 horas del día. Cuenta que no le permitían realizar videollamadas y que, días después, instalaron cámaras en la vivienda. “Entonces lo dejé: No podía dejar que vulneraran mis derechos no solo como trabajadora, también como ser humano” cuenta Cristina, que tiene permiso de trabajo. Con los ahorros ya agotados, ahora vive junto a un amigo español que le ha cedido una habitación en su casa. El pasado 16 de julio volvió a encontrar trabajo cuidando a otra mujer, pero esta murió el pasado lunes. “Y todavía no he cobrado; son momentos complicados con todo el tema del funeral y, no sé, no es el momento de pedir el dinero”, afirma la colombiana, que siente “temor, incertidumbre y angustia”. “A ratos me desespero, pero son tiempos complicados. Habrá que seguir buscando una oportunidad”, dice Cristina con la misma esperanza que Adelaida, Meritxell y otros miles de personas cuyas familias se han quedado sin empleo a causa del coronavirus.

“A nivel psicológico se te desmorona todo”

Esperanza es una de las palabras que más repite Isabel Aranda, doctora en Psicología, para hablar de la situación del mercado laboral actual. Sabe que es complicado, pero dice que hay que mirar al futuro. Destaca que el número de consultas en los servicios públicos y privados “se ha incrementado muchísimo” porque la crisis sanitaria “ha sido un mazazo, aunque cada persona lo viva de distinta manera”. Dice que cuando todos los miembros de una familia pierden el trabajo, y más si es de golpe, también pierden la seguridad. “A nivel psicológico se te desmorona todo”, subraya. La sensación de fracaso se agudiza, genera estrés, ansiedad, desánimo y pérdida de esperanza, algo que también se transmite a los menores. “Lo peor que puede pasar es que llegue la resignación. Ello genera el fenómeno de indefensión aprendida, un estado donde el sentimiento de que no hay salida se somatiza y termina afectando no solo a la salud psicológica, también a la física”, afirma Aranda, que también es vocal del Colegio Oficial de Psicología de Madrid. Para intentar evitarlo, la experta recomienda tres pautas: compartir lo que se siente, pedir ayuda y mirar al futuro. “Hay que ser realistas, pero también pensar que ahora hay mucha cobertura social y que, antes o después, la situación cambiará”, concluye Aranda.